La caperucita roja es un relato que ha permeado en la mayoría de las culturas occidentales y es uno de los cuentos que más adaptaciones ha tenido a lo largo de la historia: sus vertientes van desde lo erótico hasta lo infantil. El cuento tiene su origen en Europa (expertos en folklore han determinado que específicamente en la Francia del siglo XIV). La caperucita (como se referirá al cuento en adelante) ha sido motivo de diversos estudios, sobre todo de interpretación, ya que, al ser una historia netamente medieval, permite una multiplicidad de lecturas por su ambigüedad.
No obstante, hoy en día, el relato está fijado en texto por lo que las posibles interpretaciones y refuncionalizaciones del mismo se han empobrecido. Así, cuando se menciona el nombre de La caperucita, nuestra mente acude de inmediato a la propuesta fácil de que es un cuento infantil con una clara moraleja de obediencia a las autoridades. Incluso se ha llegado al punto de llamar original el reinterpretar el texto (que es la naturaleza fundamental del cuento).
En este sentido, lo usaré de base para hablar acerca de cómo la escritura, a pesar de que permite la acumulación y expansión de conocimientos, destruye la idea de comunidad (entendiendo ésta como el conjunto de personas que comparten una cosmovisión de la vida) que era sólo posible mediante el uso de mitos y relatos orales que se transmitían de generación en generación. Es por ello que haré una breve reflexión sobre la oralidad y la importancia de ésta a la hora de permitir la multiplicidad de interpretaciones en dicho cuento. Inmediatamente, ahondaré en la interpretación clásica dado su contexto histórico: advertencia de los peligros, literales, de un bosque (recuérdese que las villas medievales estaban rodeadas por él).
La oralidad entendida como intencionalidad surge en un grupo humano. Este grupo debe contar con características especiales, a saber, y básicamente, dos cosas: la capacidad de generar alimento y de proveerse refugio. Obviamente estoy hablando de ancestros más allá de nuestros abuelos griegos, egipcios, mayas, y etcéteras que contienen a culturas que ya dominaban un cierto grado de escritura. Este grupo humano, al poder satisfacer estas dos necesidades primarias evolucionó y tendió a explicar su entorno; de allí se derivaron las cosmogonías que explican el porqué de las cosas existentes y las teogonías que explican el cómo. Nace así el mito y con él la cultura. Quienes crearon el mito y la cultura no son, por cierto, aquellos que estaban lo suficientemente ocupados en sobrevivir mediante la agricultura y la caza. El Dr. Julio Amador sugiere, en un ejemplo concreto, que quienes poseen y pasan este conocimiento son los señores del origen, que son un conjunto de ancianos que se encargan de preservar el conocimiento de su grupo; mientras que la Dra. Donají Cuellar, en su ponencia Literatura de tradición oral, los llama “autor-legión”. Es pues un grupo que está más allá de las labores inmediatas de supervivencia, que puede darse al ocio y reflexionar acerca del entorno.
De estas dos premisas: la cultura y los seres que se encargan de crearla y transmitirla es que se origina lo que se llamará oralidad, que no es sino una necesidad de transmisión de conocimientos que tiene su soporte en la memoria, primero en la de quienes crean los mitos y segundo en la de quienes los reciben y transfieren. Es así como poco a poco, a través de los siglos se va conformando una identidad de pertenencia a un grupo y nacen las comunidades. Éstas tienen como base al mito que a la vez tiene su soporte en el ritmo, la repetición, el ritual y sobre todo la transmisión oral.
Ahora bien, la oralidad permite una refuncionalización constante en el mito, es decir, una adaptación constante al cambio de estructuras que se dan dentro de una comunidad, y por tanto mantiene intacta no sólo la memoria en la que se fundó sino que responde a las necesidades cambiantes del entorno. Claro ejemplo de esta necesidad de refuncionalización la observamos en mucho del folklore medieval que tiene como fin unificar un grupo bajo una serie de preceptos y doctrinas establecidas por sus mitos. Un ejemplo clásico seria, precisamente, el cuento de La Caperucita. En la Edad Media este relato tenía un sinnúmero de connotaciones además de la clásica. Entre las más interesantes tenemos dos: un cuento que habla acerca de las estaciones del año, representadas por el sol y la oscuridad del invierno, donde el sol es la chica de la caperuza roja y el invierno es el lobo; y la otra que ve al cuento como un rito de paso de la niñez a la edad adulta (con claras connotaciones eróticas). Pero como dije anteriormente, me enfocaré en la interpretación contextual más aceptada: era utilizado para advertir a los niños del peligro en los bosques circundantes de los pueblos; en este sentido, es un cuento literal que tiene como propósito fomentar un terror ya de por sí nato al medio ambiente que representa los oscuros bosques que bordean las villas de la Europea medieval. La función del cuento en este sentido tiene como fin crear, por un lado, la idea de seguridad dentro de la comuna, y por el otro el respetar a las figuras de autoridad. Esta interpretación es la que, pobremente, se ha mantenido en forma de moraleja sin ningún valor ya que hoy en día la comunidad se reduce a escasos miembros que conforman un núcleo familiar. La pobre refuncionalización de dicha interpretación tiene que ver mucho con la idea de un texto fijado, ya que no permite adecuarse a las necesidades estructurales de la sociedad donde se desenvuelven hoy en día los individuos.
Así, cuando el cuento se fija, esta refuncionalización se pierde y lo que nos llega a los lectores del siglo XXI no es más que un cuento de niños para pasar el rato. Si esta refuncionalización se rompe, ¿no acaso se rompe también la idea de comunidad? ¿No, también, se destruye la memoria? Ricardo Piglia decía que contar era una forma de borrar y creo que es correcto pero en el contexto adecuado: el escrito. La doctora Leticia Flores Farfán, en su ponencia “Políticas de la memoria”, proponía una tesis interesante acerca de la memoria: ésta se construye en el dolor. Y es verdad, se puede apreciar un discurso del dolor en la construcción de cualquier mito oral. Un dolor que nos viene de la aparente soledad en este universo tan vasto, soledad en gran mediad creada al auto marginarnos de nuestro entorno y considerarnos únicos en este planeta.
Pero este dolor, esta transmisión de la memoria, se pierde al plasmarse por escrito, ya que a pesar de contar con el mensaje no contamos con la interpretación que acarrea la transmisión oral. Por tanto, al no haber una interacción humana que posibilite la práctica de la memoria se crea un círculo vicioso escritural (por llamarlo de alguna forma) que poco a poco va destruyendo a la idea de comunidad.